"Hemos vencido la negación de la tortura. Es conocido que nos han torturado durante décadas. Ahora ha llegado la hora de reconocer a las víctimas y asumir responsabilidades ".

En el Día Contra la Tortura en Euskal Herria, en los actos organizados en Zizurkil y Bilbao hemos reivindicado que el reconocimiento de las víctimas de la tortura es imprescindible para seguir construyendo la convivencia.

Intervención de Urtza Alkorta en Zizurkil

"Son 14 las vidas arrebatadas por la tortura en Euskal Herria. Pero ninguna de esas personas ha obtenido aún reconocimiento oficial por parte de ninguna institución"

Joxe Arregi no fue la primera persona en morir debido a las torturas en el contexto del conflicto político vasco. Antes fueron asesinados Mercedes Antxeta, Vicente Lertxundi, Manuel Thomas Gomes, José María Quesada, Javier Escalada, Antonio Goñi, Juan José Munduate y Alfredo Valcárcel.

Joxe no fue el primero, por lo tanto. Pero sí el primero tras la reforma del régimen del 78 y la firma de la Constitución española. El dato es significativo.

Sin embargo, desgraciadamente, tras la llegada de la llamada democracia, a la tétrica lista de fallecidos por tortura se le sumaron otros nombres: Esteban Muruetagoiena, Mikel Zabalza, Juan Calvo, Gurutze Iantzi y Xabier Kalparsoro.

Todos ellos murieron debido a los violentos golpes y heridas sufridas en la cárcel o en las comisarías, o por las graves consecuencias causadas por ellas. Pero seguro que escuchar los nombres de muchas de esas personas nos es extraño, se nos hacen desconocidos, debido a la negación y al olvido que nos han querido imponer durante largos años.

La tortura ha sido una práctica sistemática en los centros de detención, gracias a una estructura bien diseñada. No fue, pues, cosa de unos cuantos policías. La tortura fue posible gracias a la colaboración y beneplácito de médicos forenses, jueces, abogados, medios de comunicación, responsables gubernamentales del momento, dirigentes de algunos partidos políticos...

La denuncia pública de lo que estaba sucediendo durante 70 largos años, las fotos de marcas y heridas destacadas en los cuerpos, la destrucción psicológica de las víctimas y de su entorno... no fueron prueba suficiente para quienes restaron credibilidad a esa barbarie y para los que no hicieron nada por detenerla.

Diré aún más: tampoco fue suficiente que las 14 personas a las que acabo de hacer referencia murieran mientras eran torturadas o a causa de las graves lesiones causadas bajo tortura. Nadie hizo nada.

14 son los nombres son las vidas que la tortura ha arrebatado en el País Vasco. Pero ninguna de esas personas ha obtenido aún reconocimiento oficial por parte de ninguna institución.

Hoy, aquí, queremos decir que ya es suficiente. Es imposible construir una convivencia democrática si no reconocemos esas muertes, esas graves vulneraciones de derechos.

La tortura es una grave violación de los derechos humanos. Por lo tanto, las víctimas de la tortura, y las personas que han perdido la vida bajo tortura, deben ocupar el lugar que les corresponde en el libro de la memoria de lo vivido por este país.

Por ello, reivindicamos la necesidad de seguir investigando y esclareciendo los casos de tortura, pero, sobre todo, la necesidad de aclarar cuáles fueron las responsabilidades políticas de aquellos que crearon las condiciones para que fueran posibles. Sacar la verdad a la luz es una cuestión de justicia.

No podemos permitir que representantes políticos e institucionales sigan buscando excusas para impedir que desde los poderes públicos se dejen en evidencia las responsabilidades políticas derivadas de la decisión de vulnerar los derechos humanos. Para hablar de democracia, suelo ético o revisión crítica del pasado, es imprescindible atender a las propias responsabilidades y actitudes, y dejar de lado actitudes hipócritas.

Para poder seguir construyendo una convivencia democrática, tienen que estar garantizados los derechos de todas las personas, también de quienes hemos sufrido la tortura. Y el reconocimiento expreso de los nombres de quienes fueron asesinados por ello es básico para que en lo sucesivo no vuelvan a ser ajenos a ninguno de nosotros. Recordarlos es la mejor manera de garantizar que no vuelva a ocurrir. No olvidemos, pues, lo que ha sucedido.

 

Intervención de Jon Patxi Arratibel en Zizurkil

"Hemos vencido la negación de la tortura. Es conocido que nos han torturado con total impunidad durante décadas. Ahora ha llegado la hora de reconocer a las víctimas y de que quien corresponda asuma sus responsabilidades ".

El de Joxe Arregi es un caso aún no reconocido, aunque hayan pasado 40 años. Según la Policía, las lesiones que presentaba Arregi "se produjeron en el momento de su detención". A esta versión se oponen por completo, sin embargo, numerosas evidencias: las fotografías tomadas al cadáver, o el testimonio de los presos de Carabanchel, por ejemplo.

Este es, lamentablemente, el reto que todavía hoy plantea el reconocimiento de múltiples vulneraciones de derechos que se han producido en el contexto del conflicto del País Vasco: los testimonios o versiones policiales se han tomado en consideración por encima de las evidencias existentes durante largos años para difuminar, ocultar, camuflar la dimensión de la violencia que ha sido practicada por el Estado. Y, así, para negar la existencia de un conflicto político.

Por lo tanto, para sacar a la luz la verdad, hay que empezar por desmontar las mentiras construidas con el objetivo de ocultar esas vulneraciones de derechos. Este es un trabajo que hay que hacer en el caso de muchas muertes y también en el de las personas que hemos sufrido torturas, porque durante mucho tiempo se nos ha acusado de haber mentido años o de habernos hecho daño a nosotros mismos.

No podemos olvidar que la tortura ha sido posible porque existía un pacto de Estado que lo permitía. Un sistema muy bien diseñado en el que cada uno tenía que desempeñar su papel y donde la impunidad era fundamental. Así ha sido posible que durante décadas, en secreto, pero de forma sistemática, se haya aprovechado la violencia para criminalizar un determinado proyecto político y pretender manipular a toda una comunidad.

Yo, en concreto, fui detenido y torturado por la Guardia Civil en el año 2010. Y aunque denuncié torturas ante Fernando Grande-Marlaska, actualmente ministro del Interior del Gobierno español, nadie hizo nada por aclarar e investigar todo aquello. Ese ha sido el modus operandi también con otros miles de casos de tortura.

Al final, fue el Tribunal Europeo de Derechos Humanos el que denunció públicamente la falta de disposición de España a investigar, de forma similar a la que ha hecho este pasado enero. Sin embargo, esto no ha provocado reacciones en aquellos que tienen responsabilidades políticas en lo que respecta a la tortura. Se han quedado callados. O, si no, hemos tenido que ver cómo han hecho esfuerzos increíbles para tratar de negar la gravedad de una sentencia así. Ya es suficiente.

Dando nuestros testimonios, mostrando nuestros cuerpos golpeados, sacando a la luz el dolor que nos han causado a nosotros y a nuestro entorno, hemos vencido la negación de la tortura. Ya se sabe que nos han torturado durante décadas y con total impunidad. Ahora ha llegado la hora de reconocer a las víctimas y de que quien corresponda sus responsabilidades.

No es un trabajo fácil. A los que sufrimos esta aberración se nos debe:

  • Verdad, reconocimiento y reparación al mismo nivel que merecen todas las personas que han sufrido graves violaciones de derechos humanos.
  • Leyes de reconocimiento para reconocer y reparar de forma oficial la grave vulneración de derechos que hemos sufrido.
  • Espacio en las políticas públicas de memoria para que quede claro que la tortura ha sido empleada de forma sistemática por el Estado en el contexto del conflicto, y que, en lugar de preservar los derechos de los ciudadanos, lo ha vulnerado.
  • Investigaciones que saquen a la luz cuál ha sido la dimensión real de la tortura.

Y además, también es necesario que nuestros victimarios y los responsables políticos que los apoyaron asuman las responsabilidades que les corresponden, y que retiren las pagas vitalicias y las condecoraciones por el buen servicio prestado. Porque eso hace que nos sintamos humillados.

Porque a la violencia que causó nuestro dolor, que es la del Estado, no se le hace ninguna exigencia. No se le pide autocrítica, o reconocimiento del daño causado. Esto nos lleva a pensar que la demanda de autocrítica, presente de forma reiterada en el debate público, no se basa, en realidad, en convicciones morales vinculadas a la paz y a la defensa firme de los derechos humanos, sino en intereses políticos concretos.

Médicos forenses, jueces, medios de comunicación y clase política que han negado la realidad que hemos vivido, además de perpetuar la impunidad, han hecho posible que los responsables no hayan asumido las responsabilidades que les corresponden. Y, sin embargo, tenemos que soportar que algunos piensen que son dueños de una supuesta superioridad moral por la cual no hace falta que asuman ninguna responsabilidad de sus actos.

Para construir la paz, necesariamente debemos tratar sobre lo ocurrido en el pasado, con todos los nudos que ello genera. Pero, insistimos, nuestra determinación es seguir trabajando duro para que las diferencias actuales se conviertan en puntos de encuentro.

Nosotros estamos convencidos de que la memoria de la tragedia provocada por la violencia vivida durante décadas es la garantía de que esto no se repita. Así que, como ha dicho Urtza, no olvidemos lo que ha pasado. No olvidemos a las víctimas de la tortura, a Joxe y a los otros 13 fallecidos, y garantizemos de una vez por todas los derechos de todas las personas que han sufrido vulneraciones de derechos humanos en este país.

 

Intervención de Ane Muguruza en Bilbao

“Es necesario no olvidar la tragedia derivada de la confrontacion vivida en el contexto del conflicto. Debemos conocer todo lo ocurrido para poder garantizar que en el futuro nada de esto vuelva a repetirse”

Gracias a todas por responder con vuestra presencia a esta convocatoria de hoy en la que como cada año, conmemoramos una fecha marcada en el calendario; calendario colectivo producto de miles de marcas personales.

Fueron sus últimas palabras. A penas un susurro tras nueve días en el infierno. Un infierno, con bandera y nombre oficial: Dirección General de Seguridad.

“Oso latza izan da”. “Ha sido muy duro”. Tan duro que poco después, su corazón dejó de latir, Fue un 13 de febrero de 1981. Se llamaba Joxe Arregi Izagirre.

Desde entonces, cada 13 de febrero, se conmemora el Día Contra la Tortura en Euskal Herria; recordando a quienes nunca volvieron de aquel infierno, a las miles de personas que lo padecieron... haciendo denuncia de una verdad a gritos.

"Una extraña aventura" escribiría Eva Forest, tras su paso por el umbral que cobija al espacio de impunidad, iniciando el camino que otros seguirían después, censando los desgarradores testimonios de quienes regresaban del ese horror llamado Tortura.

Denuncias, censos, testimonios, fotografías, autopsias, protocolos, canciones, poemas, secuelas, trauma transgeneracional.... La tortura es parte de nuestra memoria familiar, social, académica, cultural, psiquica....desde que tenemos memoria: aquí se ha torturado.

Hoy estamos en disposición de afirmar que hemos vencido al negacionismo en torno a esta lacra. Negacionismo al servicio de la tortura y su impunidad.

Hoy contamos con una verdad institucional, un informe inconcluso pero oficial que revela la aplicación sistemática de un crimen. Solo en CAV maś de 4.100 casos de tortura...deseamos que también en Nfarroa pueda llevarse a cabo esta investigación, y que sea el punto de partida para activar los mecanismos necesarios para erradicar esta práctica aquí y cualquier otro lugar. Mecanismos para reconocer y reparar a sus víctimas. Mecanismos para el desarrollo de una Memoria pública que tenga en cuenta esta realidad.

Desde Egiari Zor Fundazioa, consideramos necesario no olvidar la tragedia derivada de la confrontacion vivida en el contexto del conflicto. Debemos conocer todo lo ocurrido para poder garantizar que en el futuro nada de esto vuelva a repetirse. Todas y cada una de las vulneraciones de Derechos Humanos así como todos los sufrimientos generados en este contexto deben ser censados, reconocidos, reparados y recogidos también en las políticas de Memoria e iniciativas institucionales. Memoria como mecanismo para la NO repetición.